A 53 años del Golpe de Estado: las mujeres que caminaron contra el olvido

Antes de convertirse en una tradición pública de la Universidad de Santiago, la Romería por las víctimas de la represión tuvo que sobrevivir en la clandestinidad. Fueron mujeres funcionarias quienes se organizaron, acompañaron a las familias y mantuvieron los nombres de caídas y caídos cuando recordar podía significar perder el trabajo o ser detenida.

Imagen muestra a hombres y mujeres en el Campus recordando a víctimas de la dictadura

Había que caminar juntas. No era solo una cuestión de compañía. En los años de dictadura, caminar juntas era darse coraje frente a una universidad donde los agentes del Estado podían irrumpir en el campus y detener a estudiantes. Era avanzar juntas cuando quedarse calladas parecía la única forma de estar a salvo.

Entre esas mujeres estaba Estela Recabarren Guerra, que ingresó a trabajar en 1976 al Departamento de Ingeniería Metalúrgica de la Facultad de Ingeniería, tres años después del golpe de Estado. Permaneció allí durante 35 años.

Fue a través de conversaciones con compañeras y compañeros que comenzó a reconstruir lo ocurrido en la entonces UTE desde septiembre de 1973. También conoció la represión que persistía en el recinto universitario, donde las protestas provocaban la suspensión de clases y el funcionariado que intentaba alzar la voz se exponía a represalias.

En 1981 comenzaron en la Usach los primeros homenajes clandestinos a estudiantes y funcionarias y funcionarios asesinados o desaparecidos durante la dictadura. Fueron vigilias, colocación de flores y velas, acciones breves que poco a poco se convirtieron en una forma de mantener viva la memoria dentro del campus.

“Los grupos entraban clandestinamente por distintos lugares. Llevaban claveles envueltos en papel de diario, los dejaban frente a los lugares donde habían trabajado los compañeros, encendían una vela y se iban”, recuerda la exdirigenta.

La policía ingresaba a la Usach y, en ocasiones, sacaba detenidos a cursos completos. El estudiantado era obligado a salir de las salas en fila, con las manos en la nuca. Cuando se acercaba el 11 de septiembre, la tensión aumentaba.

Los nombres que había que guardar

Cuando los vehículos con detenidas y detenidos salían del campus, algunas personas intentaban acercarse para escuchar los nombres que gritaban quienes iban en su interior. Trataban de memorizarlos.

La memoria comenzaba así: escuchando nombres y procurando que ninguno se perdiera.

En ese mismo contexto, varias compañeras invitaron a Estela a participar en reuniones clandestinas. Buscaban organizar al funcionariado de la Universidad, pero también mantener vivos los nombres de sus compañeras y compañeros.

Estela fue una de las fundadoras de la Afusach y participó en las romerías durante la dictadura. Entre 1992 y 1994 fue presidenta de la Asociación. Desde allí acompañó a familiares de las víctimas y compartió con ellos un duelo que dejó de ser privado para convertirse en memoria pública.

También fueron parte de ese camino María Franco, Nidia Urrejola, María Teresa Hernández, María Eugenia Zarce, Elcira Monreal y Judith Bannout, entre otras, mujeres que hicieron de la organización colectiva una forma de resistencia y del recuerdo, una tarea de todos los días.

Cuando caminar era un acto de resistencia

Mientras estas organizaciones mantenían viva la memoria, la Casa Pastoral UTE-Usach de la Iglesia Católica acogía a víctimas y tomaba contacto con sus familiares. Allí se registraron nombres y testimonios desde los primeros hechos del golpe de Estado hasta 1989.

Pero los nombres no solo quedaron en los registros. También permanecieron en quienes los recordaban y en quienes volvieron a reunirse por ellas y ellos.

“La Romería podía durar apenas unos minutos cuando irrumpía la fuerza pública. Había que dispersarse rápidamente. También había que proteger a quienes participaban, especialmente a los familiares de las víctimas. El ritual podía interrumpirse. La memoria, no. Al año siguiente volvíamos a reunirnos. Y nuevamente caminábamos”, dice Recabarren.

Quizá por eso esta historia pueda resumirse en una imagen sencilla: un grupo de personas caminando juntas, sabiendo que pueden ser observadas, detenidas o dispersadas, pero volviendo a encontrarse cada año.

Antes de que existiera un acto oficial, hubo mujeres que hicieron posible que los nombres siguieran circulando. Antes de que la memoria pudiera ocupar un lugar público, tuvieron que protegerla en silencio. Y antes de que la Romería se convirtiera en tradición, ellas ya habían empezado a caminar.

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