Galo Ghigliotto publica “Su cadáver avanza hacia el mar” y vuelve al género del cuento

El libro del profesor de la Escuela de Periodismo y editor de Editorial Usach, será presentado este jueves 23 de julio a las 19.00 horas por la actriz Blanca Lewin y la escritora Romina Pistolas.

La imagen corresponde al afiche del evento. De color rojo ladrillo de fondo, con letras blancas e imágenes de los participantes y del libro a exponer

En Su cadáver avanza hacia el mar (Puya, 2026), el escritor Galo Ghigliotto regresa al cuento con un volumen que aborda la muerte, la memoria y las distintas formas en que la violencia atraviesa la experiencia individual y colectiva.

A lo largo de sus 98 páginas, los relatos presentan personajes que se enfrentan a la pérdida, el duelo y las huellas que dejan los cuerpos ausentes, mientras la escritura se convierte en un ejercicio de memoria frente al olvido.

Más que ofrecer respuestas, el libro propone una reflexión sobre las consecuencias de la violencia y el lugar que ocupa la literatura en la construcción de una memoria crítica del presente.

Este nuevo título se suma a la obra de Ghigliotto, quien ha publicado los poemarios Valdivia (Mantra Ediciones, 2006; L'Atelier du Tilde, Lyon, Francia, 2012; CoImPress, Chicago, Estados Unidos, 2016; Cuneta, 2025), Bonnie & Clyde (Garrapato Ediciones, 2007), Aeropuerto (Cuneta, 2009) y Monosúper (Nos Es Nada, París, Francia, 2016). En narrativa, es autor del libro de cuentos A cada rato el fin del mundo (Emergencia Narrativa, Valparaíso, 2013), la novela Matar al Mandinga (LOM Ediciones, 2016) y El museo de la bruma (Laurel, 2020).

Para conocer más sobre esta nueva publicación del docente y editor de nuestro sello universitario, que será presentada en el restaurante “El Huerto” (Orrego Luco #54, Providencia) Usach Al Día conversó con el escritor.

-¿Por qué escribir sobre la muerte en tiempos en que la violencia está normalizada?

Quizás justamente por eso. Cuando la violencia se normaliza, la muerte empieza a volverse estadística, noticia, ruido de fondo. Me interesa hacer el movimiento contrario: devolverle peso, volverla concreta, incómoda, singular. No escribir sobre “la muerte” en abstracto, sino sobre sus efectos: lo que hace en una casa, en una familia, en un cuerpo, en una voz que intenta explicarse. Creo que la literatura todavía puede detener la mirada donde la costumbre nos enseña a pasar de largo.

-¿Crees que la muerte es el verdadero protagonista del libro o es un medio para hablar de la vida?

Diría que la muerte es una presencia, pero no necesariamente la protagonista. Lo que me interesa es lo que sigue vivo alrededor de ella: la culpa, el deseo, el miedo, el humor, la memoria, las formas torcidas del amor. La muerte en estos cuentos no cierra nada. Al contrario, abre zonas de lenguaje, obliga a los personajes a hablar, justificar, recordar, inventar. Entonces sí, es un libro atravesado por la muerte, pero creo que en el fondo habla de cómo los vivos cargamos con aquello que no termina de irse.

-¿Cómo encontraste el equilibrio entre el dolor, la reflexión y, en algunos casos, el humor negro?

No sé si lo encontré de manera programática. Más bien fui siguiendo la respiración de cada cuento. Hay dolores que, si uno los escribe solamente desde la solemnidad, se vuelven falsos o insoportables. El humor negro aparece como una forma de inteligencia, pero también como una forma de defensa. No está ahí para alivianar el horror, sino para mostrar su absurdo, su costado grotesco, su relación con lo cotidiano. Me interesa esa zona en que uno no sabe si reírse o quedarse callado.

-Después de escribir este libro, ¿cambió tu propia mirada sobre la muerte?

Creo que más que cambiar mi mirada sobre la muerte, cambió mi mirada sobre lo que queda. Antes pensaba en la muerte como desaparición, como corte. Ahora me parece más bien una forma de permanencia extraña. Los muertos siguen ocupando espacio: en los objetos, en los lugares, en las frases que repetimos, en las versiones incompletas de la historia familiar. Escribir este libro me hizo pensar que lo difícil no es aceptar que alguien muera, sino entender de qué manera sigue viviendo en nosotros, incluso cuando quisiéramos dejarlo descansar.

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